¡Dios mío,
qué solos se quedan los muertos!
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Desde la
Tribuna
Por Fernando
Paramo
El entierro de
Edwin Valero
Honestamente, no conocí a Edwin Valero.
No
lo conocí mas allá de seguirle los pasos sobre los encordados. De
seguir sus logros a la distancia de comentar sobre sus peleas
en
determinado momento.
Por eso, no me voy a subir a la carreta de
todos aquellos que, luego de su fallecimiento, hablaron de su persona
como si hubiesen sido sus psiquiatras, sus médicos, sus consejeros
particulares, o sencillamente sus curas de confesión.
Pero lo que si conozco, es sus circunstancias una vez fallecido.
Las he visto y vivido personalmente, con personalidades conocidas y con
amistades cercanas y no muy cercanas.
Al final, todo se traduce a las palabras escritas por el poeta Gustavo
Adolfo Bécquer, quien en sus Rimas, dijo:
Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedose desierto.
De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
El
mismo día de entierro, la madre del pugilista dijo: "En nombre de mi
familia y aunque no hayan estado en el entierro de mi hijo, le doy
gracias especialmente al gobernador de Vargas, García
Carneiro,
porque se encargó del traslado del cuerpo de Edwin desde Valencia hasta
El Vigía."
En el sepelio, estuvieron la mamá, el papá y sus cuatro
hermanos, quienes tampoco vieron a ninguno de los que disfrutaron la
carrera deportiva del oriundo de de Bolero Alto, Mérida, en su
despedida.
"La gente que trabajó con Edwin no vino. No llegaron los
boxeadores que se dijeron ser amigos. Así son las cosas y repito sé que
mi hijo mató a su esposa”, agregó su señora madre.
Si, hubo miles de
gente acompañando al cuerpo. Pero eso se debe a la curiosidad y a la
necesidad natural de las masas de participar en un evento masivo. Eso
también lo he visto y vivido innumerables veces.
Hubieron las acostumbradas flores puestas sobre el ataúd y los llantos
de gente que jamás lo conocieron.
Pero
al final, todos se marcharon a sus casas. La mayoría, para seguir su
acostumbrada lucha por la vida y allá, ocasionalmente, recordar un día
la memoria del campeón y el hecho de que estuvieron presentes en su
ultima presentación publica.
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
Según
una nota de uno de los reporteros presentes, cuando todos se fueron del
cementerio, solo un perro callejero se quedo cerca de la tumba.
Eso, mis amigos, es más de lo que puede esperar la mayoría de la gente,
una vez situados en la morada final.
Ya sea famosa, o no. Eso si lo conozco bien.
Hasta mañana.
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